martes, 1 de julio de 2014

LA CIENCIA DE LA PEREZA (Italo Calvino)

Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
El profesor era conocido y respetado, pues en su vida sólo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco, antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y sólo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
“Éste es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
—Hombre —le dijo el profesor con un hilo de voz—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
—Imita al profesor en todo lo que no hace.
El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
—¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
—Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.

lunes, 16 de junio de 2014

LA COLECCIÓN DE SILENCIOS DEL DR. MURKE (Heinrich Böll)


Cada mañana, nada más entrar en la casa de la radio, Murke se sometía a una gimnasia existencial: saltaba al ascensor de rosario, pero no bajaba en el segundo piso, donde estaba su oficina, sino que continuaba subiendo más allá del tercero, del cuarto, del quinto piso, y cuando la plataforma del cangilón se elevaba sobre el nivel del quinto piso, cuando la jaula entraba rechinando en el vacío, donde cadenas lubricadas, barras untadas de grasa y hierros chirriantes trasladaban la cabina de la posición de subida a la de bajada, le asaltaba el miedo y miraba fijamente lleno de pánico a este lugar de la casa de la radio, el único sin revocar, y suspiraba aliviado cuando la jaula se enderezaba, pasaba la esclusa, se alineaba y se hundía lentamente hacia abajo, hacia el quinto, el cuarto, el tercer piso. Murke sabía que su miedo no tenía fundamento y que naturalmente no pasaría nunca nada, que no podía pasar nada y que si pasaba algo, en el peor de los casos, al pararse el ascensor estaría arriba y se quedaría allí encerrado una hora, dos cuando más. Siempre llevaba un libro en el bolsillo y también cigarrillos; sin embargo, desde que se construyó el edificio de la radio, hacía tres años, el ascensor jamás había faIlado. Había días en que lo revisaban, días en los que Murke tenía que renunciar a esos cuatro segundos y medio de miedo, y esos días estaba irritable y descontento, como alguien que no ha desayunado.

Necesitaba ese miedo como otros necesitan su café, sus copos de avena o su zumo de frutas.

Cuando, llegado de nuevo al segundo piso, donde se encontraba la sección de programas culturales, saltaba del ascensor, estaba alegre y sereno, tan alegre y sereno como el que ama y domina su trabajo. Abría la puerta de su despacho, iba despacio hacia su sillón, se sentaba y encendía un cigarrillo: era siempre el primero en llegar. Era joven, inteligente y amable, e incluso su arrogancia, que a veces afloraba por un momento, se le perdonaba, porque se sabía que había estudiado psicología y se había doctorado con sobresaliente.

Pero hacía dos días que Murke renunciaba a su desayuno de miedo por una razón particular: tenía que llegar a la casa de la radio a las ocho en punto, ir corriendo a un estudio y empezar a trabajar porque el director le había encargado que recortara las cintas con las dos conferencias sobre la esencia del arte que había grabado el gran Bur-Malottke, conforme a las instrucciones del mismo. Bur-Malottke, que se convirtió a raíz del entusiasmo religioso del año 1945, tuvo «de la noche a la mañana», así lo decía, «grandes reparos religiosos», «se sintió acusado de repente de ser en parte responsable del predominio religioso de la radio», y tomó la decisión de cortar la palabra Dios, que citaba frecuentemente en sus dos conferencias sobre la esencia del arte, de media hora cada una, y sustituirla por una fórmula que correspondiera más a su manera de pensar antes de 1945; Bur-Malottke propuso al director que se cambiara la palabra Dios por la fórmula «ese Ser superior que nosotros adoramos», pero se negó a volver a grabar las dos conferencias completas y pidió que cortaran la palabra Dios y pegaran en su lugar «ese Ser superior que nosotros adoramos». Bur-Malottke era amigo del director, pero no fue por amistad que éste transigió, sino que, sencillamente, no se le podía llevar la contraria. Bur-Malottke era autor de numerosos libros sobre temas de ensayo filosófico religioso-cultural, trabajaba en la redacción de tres revistas y dos diarios, era lector-jefe de la editorial más importante. Se mostró dispuesto a ir el miércoles un cuarto de hora a la radio para repetir «ese Ser superior que nosotros adoramos» tantas veces como apareciese la palabra Dios en sus disertaciones. El resto lo encomendaba a las facultades técnicas de la gente de la radio.

Al director le costó encontrar a alguien a quien poder encomendar esta tarea; pensó en Murke, pero la rapidez con que le vino a las mientes Murke le hizo desconfiar —era un hombre vital y de espíritu sano—, por ello meditó durante cinco minutos, pensó en Schwendling, en Humkoke, en la señorita Broldin, pero tuvo que volver a Murke. El director no tenía simpatía por Murke; es cierto que lo contrató en seguida nada más se lo propusieron, lo contrató como el director de un zoológico que aunque siente predilección por los conejos y los corzos adquiere lógicamente fieras, porque en un zoológico también tiene que haber fieras. Pero el director a quien quería es precisamente a los conejos y a los corzos y, en su opinión, Murke era una bestia intelectual. Al fin triunfó su vitalidad y encargó a Murke que cortara las disertaciones de Bur-Malottke. Las dos conferencias estaban programadas para el jueves y viernes, y los reparos de conciencia de Bur-Malottke se produjeron la noche del domingo al lunes. Suicidarse habría sido igual que contradecir a Bur-Malottke, y el director era demasiado vital para pensar en el suicidio.

Así es que el lunes por la tarde y el martes por la mañana Murke escuchó tres veces las dos disertaciones de media hora sobre la esencia del arte, cortó la palabra Dios, y en los breves descansos, fumando un cigarrillo con el técnico sin decir nada, pensó en la vitalidad del director y en el ser inferior que Bur-Malottke adoraba. No había leído nunca ni una línea de Bur-Malottke, jamás escuchó ninguna de sus disertaciones. La noche del lunes al martes soñó con una escalera tan alta y tan empinada como la torre Eiffel; empezó a subirla, pero pronto se dio cuenta de que los escalones estaban untados de jabón y abajo el director le gritaba: « ¡Animo, Murke. Vamos…, demuestre de qué es capaz.» La noche del martes al miércoles el sueño fue parecido: sin darse cuenta, se encontró en la montaña rusa de un parque de atracciones, pagó treinta céntimos a un hombre que se le antojaba conocido y cuándo entró en la montaña rusa, se dio cuenta de repente de que su longitud era al menos de diez kilómetros, pero no podía volverse atrás y pensó que el hombre a quien había entregado los treinta céntimos era el director. Las dos mañanas posteriores a los sueños no necesitó el inocente desayuno de miedo allá arriba, en el vacío del ascensor.

Hoy era miércoles y esta noche no había soñado con jabón, con montañas rusas ni con directores. Entró sonriente en la casa de la radio, se metió en el ascensor, subió al sexto piso —cuatro segundos y medio de miedo, el rechinar de las cadenas, el sitio sin revocar—, bajó al cuarto piso, descendió y fue al estudio donde se había citado con Bur-Malottke. Eran las diez menos dos minutos, cuando se sentó en el sillón verde, saludó con la mano al técnico y encendió un cigarrillo. Respiró tranquilo, sacó una nota del bolsillo superior de la chaqueta y miró el reloj: Bur-Malottke era puntual, por lo menos corría la fama de su puntualidad y cuando el segundero completaba el minuto sesenta de las diez horas, el minutero resbaló a las doce, la aguja de las horas a las diez, se abrió la puerta y entró Bur-Malottke. Murke se levantó sonriendo amablemente, se acercó a Bur-Malottke y se presentó. Bur-Malottke le estrechó la mano y sonriendo dijo: «Bien, adelante.» Murke tomó la nota de la mesa, se puso el cigarrillo en la boca y, dirigiéndose a Bur-Malottke, leyó la nota:

—En ambas disertaciones la palabra Dios aparece veintisiete veces, quisiera rogarle, por tanto, que lea en voz alta veintisiete veces lo que tenemos que sustituir. Le agradeceríamos mucho que lo dijera treinta y cinco veces, porque necesitamos cierta cantidad de reserva para el montaje.

—Concedido —dijo Bur-Malottke sonriente y se sentó.

—Por lo demás, hay un problema —dijo Murke—: aparte de los genitivos, en su conferencia no queda claro el caso en que aparece la palabra Dios; pero en «ese Ser superior que nosotros adoramos» tiene que estarlo. En total —sonrió amablemente hacia Bur-Malottke— necesitamos diez nominativos y cinco acusativos, por tanto, quince veces «ese Ser superior que nosotros adoramos», luego siete genitivos, es decir «de ese Ser superior que nosotros adoramos», cinco dativos «a ese Ser superior que nosotros adoramos», y queda un vocativo, el lugar en que usted dice: «Oh, Dios.» Me permito proponerle que lo dejemos en vocativo y qué usted exclame: « ¡Oh, Tú, Ser superior, al que nosotros adoramos!»

Era evidente que Bur-Malottke no había pensado en estas complicaciones; empezó a sudar, el disloque de casos le creaba problemas. Murke prosiguió amable y amistosamente:

—Necesitaremos en total un minuto y veinte segundos de emisión para las veintisiete nuevas frases, mientras que el tiempo para los veintisiete «Dios» sólo ocupaba veinte segundos. Debido a sus cambios, tendremos que acortar las dos conferencias medio minuto.

Sudando más y más, Bur-Malottke se maldijo a sí mismo por sus súbditos recelos y preguntó: —Ya habrán cortado lo otro, ¿no?

—Sí —dijo Murke, sacó del bolsillo una cajita metálica de cigarrillos, la abrió y se la ofreció a Bur-Malottke; dentro había unos trocitos negros de cinta magnetofónica, y Murke dijo en voz baja:

—Veintisiete veces Dios pronunciado por usted. ¿Lo quiere?

—No —dijo Bur-Malottke furioso—, gracias. Hablaré con el director sobre los dos medios minutos. ¿Qué emisiones siguen a las mías?

—Mañana —dijo Murke— la habitual Noticias locales, una emisión que redacta el doctor Grehm. —Maldita sea —dijo Bur-Malottke—, Grehm jamás se dejará convencer.

—Y pasado mañana —dijo Murke— sigue a la suya la emisión Vamos a mover las piernas.

—Huglieme —gimió Bur-Malottke—, los de variedades jamás cedieron a culturales ni la quinta parte de un minuto.

—No —dijo Murke—, nunca, por lo menos —y dio a su rostro juvenil la expresión de modestia perfecta—, nunca desde que yo trabajo en la casa.

—Muy bien —dijo Bur-Malottke y miró el reloj—, seguramente no tardaremos más de diez minutos y luego hablaré con el director sobre este minuto. Empecemos. ¿Puede dejarme su nota?

—Con mucho gusto —dijo Murke—, me la sé de memoria.

Cuando Murke entró en la cabina, el técnico dejó el diario. El técnico sonrió. Durante las seis horas del lunes y el martes en que escucharon las disertaciones de Bur-Malottke e hicieron los cortes, Murke y el técnico no intercambiaron ni una sola palabra de tipo privado, de vez en cuando se miraron, durante los descansos el técnico ofreció a Murke un cigarrillo y viceversa. Ahora, viendo sonreír al técnico, Murke pensó: «Si es verdad que la amistad existe en este mundo, este hombre es amigo mío.» Colocó la cajita metálica con los trocitos de cinta de las disertaciones de Bur-Malottke sobre la mesa y dijo en voz baja: «Empezamos.» Tras conectar con el locutorio dijo por el interfono:

—Nos podemos ahorrar la prueba de voz, profesor. Lo mejor es que empecemos en seguida, si no le parece mal con los nominativos.

Bur-Malottke asintió, Murke desconectó el interfono, apretó el botón que encendía en el locutorio la lucecita verde, y oyeron la voz ceremoniosa, bien acentuada de Bur-Malottke: «Ese Ser superior que nosotros adoramos, ese Ser superior que…»

Los labios de Bur-Malottke se arqueaban hacia el micrófono como si quisiese besarlo, el sudor le corría por el rostro y Murke contemplaba impasible a través del cristal la tortura de Bur-Malottke; de repente, desconectó el micrófono de Bur-Malottke, paró la cinta que estaba grabando las palabras de

Bur-Malottke y disfrutó viendo a Bur-Malottke, mudo como un gordo y hermoso pez, al otro lado del cristal. Con gran calma dijo: «Lo siento, pero nuestra cinta estaba defectuosa y tengo que rogarle que vuelva a empezar otra vez con los nominativos.» Bur-Malottke empezó a lanzar maldiciones, pero eran maldiciones mudas que sólo él podía oír, pues Murke le había desconectado el micrófono y no lo volvió a conectar hasta que empezó a decir: «Ese Ser superior…» Murke era demasiado joven y se sentía demasiado culto para que le gustara la palabra odio. Pero en este momento, a este lado del cristal, mientras Bur-Malottke pronunciaba sus genitivos, supo de repente lo que es el odio: odiaba a ese hombre alto, gordo y hermoso, cuyos libros con tiradas de dos millones trescientos cincuenta mil ejemplares se amontonaban en bibliotecas, librerías, armarios y editoriales, y no pensó ni por un minuto en refrenar ese odio. Cuando Bur-Malottke había pronunciado dos genitivos, Murke le interrumpió de nuevo por el interfono y dijo tranquilamente: «Perdone que le interrumpa, los nominativos eran excelentes, también el primer genitivo, pero, por favor, vuelva a empezar desde el segundo genitivo: un poco más suave, un poco más sosegado, se lo voy a pasar.» Y a pesar de que Bur-Malottke mostró su disconformidad con un violento gesto de cabeza, hizo una seña al técnico para que pasara la cinta en el locutorio. Vieron que Bur-Malottke se sobresaltó y sudando aún más, se tapó los oídos hasta que la cinta terminó. Dijo algo, blasfemó, pero Murke y el técnico no le oían, le habían dejado el micrófono desconectado. Murke esperó impasible hasta que pudo leer en los labios de Bur-Malottke que había recomenzado con el «Ser superior», conectó micrófono y cinta y Bur-Malottke empezó con los dativos: «a ese Ser superior que nosotros adoramos».

Después de recitar los dativos, arrugó la nota de Murke, se levantó furioso y bañado en sudor y se dispuso a salir; pero la voz joven, suave y amable de Murke lo llamó. Murke dijo: «Profesor, ha olvidado el vocativo.» Bur-Malottke le dirigió una mirada de odio y dijo hacia el micrófono: « ¡Oh, Tú, Ser superior, que nosotros adoramos! »

Cuando iba a salir, le llamó de nuevo la voz de Murke. Murke dijo: «Usted perdone, profesor, pero pronunciada de esa forma, la frase no se pude usar.»

—Por el amor de Dios —le susurró el técnico—, no exagere.

Bur-Malottke se detuvo en la puerta, de espaldas al cristal, como si la voz de Murke lo hubiese encolado allí.

Le pasaba lo que nunca le había pasado: estaba indeciso y esa voz tan juvenil, tan amable, tan exageradamente inteligente, le mortificaba como nada le había mortificado nunca. Murke prosiguió:

—Naturalmente lo podría incluir en la disertación tal como está, pero me permito llamarle la atención, profesor, de que no hará buen efecto.

Bur-Malottke se volvió, regresó al micrófono y dijo con voz suave y ceremoniosa:

—Oh, Tú, Ser superior, que nosotros adoramos.

Sin volverse hacia Murke, abandonó el estudio. Eran exactamente las diez y cuarto y en la puerta tropezó con una mujer joven ‘y bonita que llevaba unas partituras en la mano. La joven era pelirroja y esplendorosa, se dirigió muy decidida hacia el micrófono, lo giró y puso bien la mesa para poder colocarse sin impedimentos delante del micrófono.

Murke estuvo medio minuto charlando en la cabina con Huglieme, el redactor de la sección de variedades. Señalando la caja de cigarrillos, Huglieme dijo: «¿La necesita todavía?» Y Murke dijo: «Sí, todavía la necesito.» Dentro, la muchacha pelirroja cantaba: «Toma mis labios tal como son, son hermosos.» Huglieme pulsó el botón del interfono y dijo tranquilamente: «Cierra el pico durante veinte segundos más, por favor, todavía no estoy listo.» La muchacha rió, arremangó la boca y dijo: «Zopenco marica.» Murke dijo al técnico: «Volveré hacia las once, cortaremos la cinta y pegaremos los trocitos.»

—¿Lo tendremos que volver a oír? —preguntó el técnico.

—No —dijo Murke—, ni por un millón de marcos lo volvería a oír.

El técnico asintió, colocó la cinta para la pelirroja y Murke se fue.

Se puso un cigarrillo en la boca, lo dejó sin encender y fue por el pasillo trasero hasta el segundo ascensor, que estaba instalado en la parte sur y conducía a la cantina. Las alfombras, los pasillos, los muebles y los cuadros, todo le irritaba. Eran hermosas alfombras, hermosos pasillos, hermosos muebles y cuadros de buen gusto, pero de repente sintió el deseo de ver en la pared, en cualquier lugar, la cursi estampita del Sagrado Corazón que le envió su madre. Se detuvo, miró en derredor, prestó atención, sacó la estampita del bolsillo y la fijó entre el papel pintado y el marco de la puerta del ayudante de dirección de la sección de guiones radiofónicos. Era una estampita de colores llamativos y debajo de la figura del Sagrado Corazón se leía: «Recé por ti en San Jacobo.»

Murke siguió andando, tomó el ascensor y descendió. En esta parte de la casa de la radio ya estaban montados los ceniceros Schrörschnauz, que obtuvieron el primer premio en el concurso de ceniceros. Estaban colgados junto a las cifras rojas que indicaban el número del piso: un cuatro rojo, un cenicero Schrörschnauz, un tres rojo, un cenicero Schrörschnauz, un dos rojo, un cenicero Schrörschnauz. Eran unos ceniceros muy bonitos, repujados en cobre, en forma de concha; su soporte eran unas originales plantas marinas —unas nudosas algas— repujadas también en cobre; y cada cenicero costó doscientos cincuenta y ocho marcos y setenta y siete céntimos. Eran tan hermosos que Murke nunca se atrevió a ensuciarlos con ceniza, y mucho menos con algo tan poco estético como una colilla. Parecía que a todos los otros fumadores les pasaba lo mismo: cajitas vacías de cigarrillo, colillas y ceniza se amontonaban en el suelo bajo los hermosos ceniceros: por lo visto nadie tenía suficiente valentía para utilizar los ceniceros como tales; eran de cobre, brillantes y siempre estaban vacíos.

Murke vio que se acercaba el quinto cenicero junto al cero rojo, el ambiente estaba más caldeado, olía a comida, Murke saltó de la cabina y se tambaleó hacia la cantina. En una mesa del rincón había sentados tres colaboradores libres; delante de él hueveras, platos y cafeteras.

Los tres hombres habían escrito juntos la serie radiofónica «El pulmón, órgano humano», juntos fueron a cobrar sus honorarios, desayunaron juntos y ahora estaban bebiendo aguardiente y jugándose a los dados la factura para la declaración de impuestos. Murke conocía bien a uno de ellos, Wendrich; pero en aquel preciso momento Wendrich estaba gritando « ¡Arte! ¡Arte! » y volvió a gritar « ¡Arte! ¡Arte!» y Murke se estremeció asustado, como la rana en la que Galvani descubrió la electricidad. Durante los dos últimos días, Murke había oído demasiadas veces la palabra arte de boca de Bur-Malottke; se repetía exactamente ciento treinta y cuatro veces en ambas disertaciones y había escuchado las disertaciones tres veces, es decir, que había escuchado la palabra arte cuatrocientas dos veces, demasiadas para tener ganas de participar en una conversación sobre este tema. Se escabulló a lo largo de la barra hasta la galería al otro fado de la cantina y al ver que no había nadie respiró aliviado. Se sentó en el sillón tapizado de amarillo, encendió el cigarrillo y cuando se le acercó Wulla, la camarera, dijo: «Por favor, un zumo de manzana» y se alegró de que Wulla se fuese en seguida. Cerró los ojos y escuchó sin querer la conversación de los tres colaboradores del rincón, que parecían discutir apasionadamente sobre arte; cada vez que uno de ellos pronunciaba «arte», Murke se estremecía. «Es como si le estuvieran dando a uno mil azotes», pensó.

Wulla, que le traía el zumo, lo miró preocupada. Era alta y robusta, aunque no gorda, su expresión era sana y alegre y mientras servía el zumo de manzana en el vaso dijo: «Debería tomarse sus vacaciones, Herr Doktor, y haría bien si dejase el tabaco.»

Antes se llamaba Wilfriede-Ulla, pero luego, por aquello de la comodidad, lo había contraído en Wulla. Sentía un respeto especial por las personas de la sección Cultural.

—Déjeme en paz —dijo Murke—, por favor, váyase.

—Y debería irse al cine con una muchacha sencilla y amable —dijo Wulla.

—Es lo que haré esta tarde —dijo Murke—, se lo prometo.

—No hace falta que sea una de esas frescales —dijo Wulla—, una muchacha sencilla, tranquila, simpática, con corazón. Todavía las hay.

—Lo sé —dijo Murke—, las hay e incluso conozco a una.

«¿Lo ves?», pensó Wulla y se acercó a los colaboradores, uno de los cuales había encargado tres aguardientes y tres tazas de café. «Pobres —pensó Wulla—, el arte acabará volviéndoles locos.» Sentía compasión por los .colaboradores y los incitaba siempre a ahorrar. «En cuanto tienen dinero —pensó—, lo tiran por la ventana», y fue hacia la barra a encargar con un gesto de desaprobación los tres aguardientes y las tres tazas de café.

Murke tomó un trago de zumo’ de manzana, apagó el cigarrillo en el cenicero y pensó angustiado en las horas entre las once y la una, en que. tenía que cortar las sentencias de Bur-Malottke y pegar en las disertaciones los nuevos trozos en los lugares debidos. El director quería escuchar ambas disertaciones a las dos en su estudio. Murke pensó en el jabón verde; en las escaleras, unas escaleras empinadas y en las montañas rusas, pensó en la vitalidad del director, pensó en Bur-Malottke, y al ver entrar a Schwendling en la cantina se sobresaltó.

Schwendling llevaba una camisa a grandes cuadros rojos y negros y marchaba con determinación a .la galería donde se ocultaba Murke. Schwendling iba tarareando la canción de moda: «Toma mis labios tal como son, son hermosos» y al ver a Murke dijo sorprendido:

—Hombre, ¿tú por aquí? Pensaba que estabas montando las tonterías de Bur-Malottke.

—A las once seguiré —dijo Murke.

—Wulla, una cerveza —voceó Schwendling hacia la barra—, medio litro. Bien —dijo a Murke—, deberían darte vacaciones extra por eso, tiene que ser asqueroso. El viejo me ha contado de qué se trata.

Murke callaba y Schwendling dijo:

—¿Sabes lo último de Murckwitz?

Primero Murke hizo sin mostrar el menor interés un gesto negativo con la cabeza; luego preguntó por mera cortesía:

—¿Qué ocurre con él?

Wulla trajo la cerveza, Schwendling tomó un trago, se hinchó un poco y dijo muy despacio:

—Murckwitz está haciendo un documental sobre la Taiga.

Murke rió y dijo:

—¿Qué hace Fenn?

—Un documental sobre la Tundra —dijo Schwendling.

—¿Y Weggucht?

—Weggucht está escribiendo un programa sobre mí y luego yo escribiré un programa sobre él, de acuerdo con el lema: prográmame y yo te programaré…

Uno de los colaboradores libres, ahora en pie, vociferaba enfáticamente: «Arte, arte, eso es lo único que importa.»

Murke se agazapó, como se agazapa el soldado que acaba de oír los tiros de los morteros en las trincheras enemigas. Tomó otro trago de su zumo de manzana y volvía ya a agazaparse, cuando una voz empezó a llamar por el altavoz: «Doctor Murke, preséntese en el estudio trece, doctor Murke, preséntese en el estudio trece.» Miró el reloj, eran sólo las diez y media, pero la voz proseguía inclemente: «Doctor Murke, preséntese en el estudio trece, doctor Murke, preséntese en el estudio trece.» El altavoz colgaba sobre la barra de la cantina, exactamente debajo del lema que el director hizo poner en la pared: La disciplina es el todo.

—Bueno —dijo Schwendling—, no hay más remedio, vete. .

—No —dijo Murke—, no hay más remedio. —Se levantó, dejó sobre la mesa el dinero que costaba el zumo de manzana, pasó escabulléndose junto a la mesa de los colaboradores, se metió en el ascensor y subió dejando de nuevo atrás los cinco ceniceros Schrörschnauz. Vio que su estampita del sagrado corazón todavía estaba fija en el marco de la puerta del ayudante de dirección y pensó: «Menos mal que ahora hay por lo menos algo cursi en la casa de la radio.»

Abrió la puerta de la cabina de control, vio que el técnico estaba solo y sentado muy tranquilo, ante cuatro cajitas de cartón y preguntó cansada:

—¿Qué pasa?

—Esos han terminado antes de lo que creían y hemos ganado media hora —dijo el técnico—; he pensado que tal vez le interesaría aprovechar esta media hora.

—Desde luego —dijo Murke—, tengo una cita a la una. Empecemos. ¿Qué pasa con estas cajas?

—Tengo una cajita para cada caso —dijo el técnico—, los acusativos en la primera, en la segunda los genitivos, en la tercera los dativos y en ésta —dijo señalando la cajita más a la derecha, y en la que se leía CHOCOLATE PURO— están los dos vocativos, en el rincón derecho el bueno, en el izquierdo el malo.

—Es estupendo —dijo Murke—, usted ha ordenado ya esa porquería.

—Sí —dijo el técnico—, y si ha anotado el orden en que tenemos que pegar los casos, estaremos listos como mucho dentro de una hora. ¿Lo tiene anotado?

—Sí —dijo Murke. Sacó una nota del bolsillo en que estaban apuntadas las cifras 1 hasta el 27; después de cada número había un caso.

Murke se sentó y ofreció su cajita al técnico; ambos fumaron mientras el técnico colocaba en el aparato las cintas cortadas de las disertaciones de Bur-Malottke.

—En el primer corte —dijo Murke— tenemos que pegar un acusativo. —El técnico metió la mano en la primera caja, sacó un trocito de cinta y lo pegó en el corte.

—En el segundo —dijo Murke— un dativo. Trabajaban de prisa y Murke estaba contento porque la cosa iba muy rápida.

—Ahora —dijo— viene el vocativo; naturalmente pondremos el malo.

El técnico rió y pegó en la cinta el vocativo malo de Bur-Malottke.

—Adelante —dijo—, adelante.

—Genitivo —dijo Murke.

El director leía a conciencia las cartas de los radioyentes. La que estaba leyendo en este momento decía:



Querida radio: Seguramente no tienes una oyente más fiel que yo. Soy una mujer anciana, una abuelita de setenta y siete años y te escucho a diario desde hace treinta años. Siempre he sido pródiga en alabanzas. Tal vez recuerdes mi carta sobre la emisión «Las siete almas de la vaca Kaweida». Era una emisión magnífica, pero hoy tengo que enfadarme contigo. El abandono en que tiene la radio al alma de los perros va resultando indignante. ¿A eso llamas humanismo? Hitler tenía, sin duda, sus defectos: si ha de creerse todo lo que se dice, era un hombre malo, pero hay algo que no se le puede negar: amaba a los perros y hacía cosas por ellos. ¿Cuándo recobrará el perro sus derechos en la radio alemana? No como lo hiciste en el programa «Como gato y perro», así no; aquello fue un insulto para cualquier ser perruno. Si mi pequeño Lohengrin pudiese hablar, te lo diría. Y cómo ladraba, mi perro querido, mientras se emitía tu desastroso programa, ladraba que a una se le deshacía el corazón de vergüenza. Yo pago mis dos marcos mensuales como todos los oyentes y haciendo uso de mis derechos pregunto: ¿Cuándo recobrará el perro sus derechos en la radio alemana?

Con todo cariño, aunque esté tan enfadada contigo,

tu JADWIGA HERCHEN, SUS labores.



P. D. —Si ninguno de los cínicos sujetos que te buscas como colaboradores es capaz de dignificar el alma canina en la forma debida, sírvete de mis modestos ensayos, que te adjunto. Renunciaría a los honorarios. Los puedes transferir a la sociedad protectora de animales.

Adjunto: 35 manuscritos.

Tu,

J. H.





El director suspiró. Buscó los manuscritos, pero su secretaria ya los había archivado. El director llenó su pipa, la encendió, se lamió sus vitales labios, descolgó el teléfono y ordenó que le comunicasen con Krochy. Krochy tenía un despacho diminuto con una mesa diminuta pero de muy buen gusto en la sección de Cultura y llevaba un departamento tan pequeño como su escritorio: El animal en la cultura.

—Krochy —dijo el director, cuando éste contestó modestamente a la llamada—, ¿cuándo emitimos por última vez algo sobre perros?

—¿Sobre perros? —dijo Krochy—. Señor director, creo que nunca, por lo menos desde que yo estoy aquí.

—¿Y desde cuándo está usted ahí, Krochy? —Y Krochy, en su escritorio, empezó a temblar porque el director había hablado con más suavidad. Sabía que no se preparaba nada bueno cuando esa voz se volvía suave.

—Desde hace diez años, señor director —dijo Krochy.

—Es una vergüenza que todavía no haya escrito nada sobre perros —dijo el director—, al fin y al cabo es un tema de su departamento. ¿Cómo se titula su último programa?

—Mi último programa se titula —tartamudeó Krochy.

—No hace falta que me repita la pregunta —dijo el director—, no estamos en la mili.

—Búhos en los muros —dijo Krochy tímidamente.

—Dentro de las próximas tres semanas —dijo el director, otra vez con suavidad— quiero oír un programa sobre el alma canina.

—Sí, señor —dijo Krochy, oyó el clic que hizo el director al colgar el auricular, lanzó un profundo suspiro y dijo: « ¡Dios mío! »

El director tomó la siguiente carta.

En ese momento entró Bur-Malottke. Podía tomarse la libertad de entrar en cualquier momento sin anunciarse y se tomaba esta libertad con mucha frecuencia. Sudando todavía se sentó cansado en una silla frente al director y dijo:

—Buenos días.

—Buenos días —dijo el director y dejó la carta—. ¿En qué puedo servirle?

—Por favor —pidió Bur-Malottke—, concédame un minuto.

—Bur-Malottke —dijo el director haciendo un gesto amplio y vital—, no necesita pedirme un minuto. Las horas, los días están a su disposición.

—No —dijo Bur-Malottke—, no se trata de un minuto temporal, sino de un minuto de emisión. Mi disertación se ha alargado en un minuto debido a los cambios.

El director se puso serio como un sátrapa repartiendo provincias.

—Espero —dijo malhumorado— que no se trate de un minuto político.

—No —dijo Bur-Malottke—, medio de noticias locales y medio de variedades.

—Menos mal —dijo el director—; tengo libres setenta y nueve segundos en Variedades y en Locales ochenta y tres. Con mucho gusto concederé un minuto a un Bur-Malottke.

—Usted me abruma —dijo Bur-Malottke.

—¿Qué más puedo hacer por usted? —preguntó el director.

—Le quedaría muy agradecido —dijo Bur-Malottke—, si ‘alguna vez pudiésemos ponernos a corregir todas las cintas que he grabado desde 1945. Un día —dijo, se pasó la mano por la frente y contempló con melancolía el Brüller auténtico que colgaba sobre la mesa del director—, un día, yo —se interrumpió, pues lo que iba a decir al director era demasiado doloroso para la posteridad—, un día, moriré… —volvió a hacer una pausa y dio así ocasión al director para mirar asustado y hacer con la mano un gesto de prevención— y no puedo soportar la idea de que, después de mi muerte, es posible que se emitan cintas en las que diga cosas de las que ya no estoy convencido. En el entusiasmo del cuarenta y cinco, sobre todo, me dejé arrastrar por el impulso e hice algunas observaciones de carácter político, expresiones que hoy en día me llenan de graves reparos y que, ahora, sólo puedo achacar a la frescura juvenil que desde siempre ha caracterizado mis .obras. La corrección de mi obra escrita está en marcha, quisiera rogarle que me dé pronto la ocasión de corregir también mi obra hablada.

El director permaneció en silencio, sólo tosió ligeramente, en su frente brillaban pequeñas y claras gotas de sudor. Pensó que desde 1945 Bur-Malottke hablaba por lo menos una hora al mes y mientras Bur-Malottke seguía hablando multiplicó a toda prisa: doce horas por diez, igual a ciento veinte horas de Bur-Malottke hablando.

—Sólo los espíritus impuros califican la pedantería indigna del genio —dijo Bur-Malottke—; nosotros sabemos —y el director se sintió halagado de verse alineado por el nosotros entre los espíritus puros— que los verdaderos, los grandes genios, eran pedantes. Himmelsheim hizo encuadernar otra vez a su cargo toda la edición impresa de su Seelon, porque ya no le parecían adecuadas dos o tres frases en la mitad del texto. La idea de que cuando haya pasado a la posteridad puedan emitirse disertaciones mías, de las que ya no estoy convencido, esta idea no puedo soportarla. ¿Qué solución propondría usted?

Las gotas de sudor en la frente del director eran más gruesas.

—Ante todo —dijo el director en voz baja—, habría que hacer una lista exacta de todas las emisiones grabadas por usted y, luego, mirar en el archivo si se conservan todas las cintas.

—Espero —dijo Bur-Malottke— que no se haya borrado ninguna de mis ‘cintas sin haberme consultado antes. Como no se me ha consultado, es que no se ha borrado ninguna cinta.

—Daré las órdenes oportunas —dijo el director. —Se lo agradeceré mucho —dijo Bur-Malottke mordaz y se levantó—. Buenos días.

—Buenos días —dijo el director acompañándolo hasta la puerta.

En la cantina los colaboradores habían decidido encargar comida. Habían bebido más aguardiente, seguían hablando sobre arte y su conversación era más tranquila, pero no menos apasionada. Cuando, de repente, Wanderburn entró en la cantina, todos se pusieron de pie asustados. Wanderburn era un poeta alto, de aspecto melancólico y pelo negro, un rostro simpático algo marcado por el estigma de la fama. Este día iba sin afeitar y, por ello, parecía aún más simpático. Fue a la mesa de los tres colaboradores, se sentó agotado y dijo:

—Muchachos, dadme algo de beber. En esta casa tengo siempre la impresión de que voy a morirme de sed.

Le dieron de beber, un aguardiente que había aún sobre la mesa y el resto de una gaseosa. Wanderburn bebió, dejó el vaso, miró de uno en uno a los tres hombres y dijo:

—Les prevengo contra la radio, contra este trasto asqueroso, contra este asqueroso trasto relamido, taimado, acicalado. Se lo advierto, nos va a destrozar a todos.

Su advertencia era sincera e impresionó mucho a los tres jóvenes; pero los tres jóvenes no sabían que Wanderburn venía directamente de caja, donde acababa de cobrar un montón de dinero en concepto de honorarios por una sencilla adaptación del libro de Job.

—Nos cortan —dijo Wanderburn—, absorben nuestra sustancia, nos pegan y ninguno de nosotros sobrevivirá.

Bebió la gaseosa, dejó el vaso sobre la mesa y con el abrigo ondeando melancólicamente marchó hacia la puerta.

Murke acabó el montaje a las doce en punto. Acababan de pegar el último pedacito de cinta, un dativo, cuando Murke se levantó. Ya había empuñado la manilla de la puerta, cuando el técnico dijo:

—Me gustaría tener también una conciencia tan sensible y cara. ¿Qué hacemos con la caja? —añadió señalando la cajita de cigarrillos, que estaba en la estantería entre las cajas con cintas vírgenes.

—Déjela ahí —dijo Murke.

—¿Para qué?

—Tal vez la necesitemos.

—¿Cree que puede volver a tener problemas de conciencia?

—No es imposible —dijo Murke—, es mejor esperar. Hasta la vista.

Fue al ascensor de delante, bajó al segundo piso y por primera vez en ese día entró en su despacho. La secretaria había ido a comer, Humkoke, el jefe de Murke, estaba sentado junto al teléfono leyendo un libro. Sonrió a Murke, se levantó y dijo: «¿Qué, todavía está vivo? ¿Es suyo este libro? ¿Lo ha dejado usted sobre la mesa?» Le enseñó el título y Murke dijo: «Sí, es mío.» El libro tenía un forro grisverde-anaranjado y se titulaba Canal lírico de Batley; trataba de un joven poeta inglés que, cien años atrás hizo un catálogo del slang londinense.

—Es un libro maravilloso —dijo Murke.

—Sí —dijo Humkoke—, es maravilloso, pero usted no aprenderá nunca.

Murke le miró interrogante.

—Usted jamás aprenderá que los libros maravillosos no se dejan sobre una mesa si se espera a Wanderburn, y Wanderburn es esperado siempre.

Naturalmente lo ha visto en seguida, lo ha hojeado, ha leído cinco minutos y ¿cuál es el resultado? Murke permaneció en silencio.

—El resultado —dijo Humkoke— son dos programas de una hora de Wanderburn sobre el Canal lírico de Batley. Ese tipo terminará por presentarnos un programa sobre su abuela, y lo peor de todo es que una de sus abuelas también lo era mía. Por favor, Murke, no lo olvide. Nada de libros maravillosos sobre la mesa si esperamos a Wanderburn y, lo repito, es esperado siempre. Bien y ahora váyase. Tiene la tarde libre; supongo que se la habrá ganado. ¿Está lista la cosa esa? ¿La ha vuelto a escuchar?

—Lo tengo todo listo —dijo Murke—, pero no puedo volver a oír otra vez las disertaciones, es que sencillamente no puedo.

—Es que no puedo es, una manera de hablar muy infantil —dijo Humkoke.

—Si vuelvo a oír una vez más la palabra arte, me volveré histérico —dijo Murke.

—Ya lo está —dijo Humkoke— y reconozco incluso que tiene razones para estarlo. Tres horas de Bur-Malottke es como para dejar baldado al tipo más fuerte, y usted no es lo que se dice un hombre fuerte.

Tiró el libro sobre la mesa, se acercó a Murke y dijo:

—Cuando yo tenía su edad, me hicieron recortar tres minutos de un discurso de cuatro horas de Hitler y tuve que escuchar el discurso tres veces hasta ver qué tres minutos debían ser cortados. Cuando empecé a escuchar la cinta por primera vez, todavía era nazi, pero después de oírla completa tres veces, ya no lo era. Fue una cura horrible, dura, pero muy eficaz.

—Usted olvida —dijo Murke— que yo ya estaba curado de Bur-Malottke antes de tener que escuchar sus cintas.

—Es usted un animal —dijo Humkoke riendo—, váyase, el director las escuchará otra vez a las dos. Tiene que estar a mano por si pasa algo.—Estaré en casa de dos a tres —dijo Murke.

—Otra cosa —dijo Humkoke cogiendo una lata amarilla de galletas que había en una estantería junto al escritorio de Murke—, ¿qué son estos recortes de cinta que tiene usted en la lata?

Murke se sonrojó.

—Son —dijo—, colecciono una especie determinada de restos.

—¿Qué clase de restos? —preguntó Humkoke. —Silencios —dijo Murke—, colecciono silencios. Humkoke le dirigió una inquisitiva mirada y Murke prosiguió:

—Cuando tengo que cortar cintas en las que el narrador ha hecho de vez en cuando una pausa, o suspiros, tomas de aire, silencios absolutos, no los tiro a la papelera, sino que los colecciono. Por cierto, las cintas de Bur-Malottke no tenían ni un segundo de silencio.

Humkoke se echó a reír.

—Claro, ése no callará nunca. ¿Y qué hace usted con los recortes?

—Los pego por la tarde, cuando estoy solo en casa, paso la cinta. Todavía no es mucho, no llega a tres minutos, pero es que tampoco se producen tantos silencios.

—Tengo que llamarle la atención sobre el hecho de que está prohibido llevarse cintas a casa, incluso recortes.

—¿Los silencios también? —preguntó Murke. Humkoke rió y dijo:

—Ahora váyase.

Y Murke se fue.

Cuando pocos minutos después de las dos el director llegó a su estudio, la disertación de Bur-Malottke ya estaba en marcha:

…y siempre que iniciemos una charla sobre la esencia del arte —no importa dónde, ni cómo, ni por qué ni cuándo—, tenemos que mirar primero hacia aquel Ser superior que nosotros adoramos, tenemos que postrarnos reverentemente ante aquel Ser superior que nosotros adoramos y tenemos que asimilar agradecidamente la esencia del arte como un don de ese Ser superior que nosotros adoramos. El arte…

«No —pensó el director—, realmente no puedo exigir a nadie que se trague ciento veinte horas de Bur-Malottke.» «No —pensó—, hay cosas que simplemente no se pueden hacer, ni aunque se trate de Murke.» Volvió a su despacho, conectó el altavoz y oyó cómo Bur-Malottke estaba diciendo: «Oh, Tú, Ser superior, que nosotros adoramos…» «No —pensó el director—, no, no.»

Murke estaba en su casa, fumando tendido en el sofá. A su lado, sobre una silla, había una taza de té y Murke tenía la mirada fija en el blanco techo de la habitación. En su escritorio estaba sentada una hermosa muchacha rubia, que a través de la ventana miraba fijamente hacia la calle. Entre Murke y la muchacha, sobre una mesita, había un magnetofón grabando. No se hablaba ni una palabra, no se oía ni un solo sonido. Se hubiera podido tomar a la muchacha por una modelo fotográfica, tan bella y silenciosa estaba.

—No aguanto más —dijo la muchacha de repente—, no aguanto más, lo que exiges es inhumano. Hay hombres que exigen inmoralidades a las chicas, pero lo que tú me exiges es todavía más inmoral que lo que otros hombres exigen a las muchachas.

Murke suspiró.

—Por Dios —dijo—, querida Rina, tendré que cortar todo esto, sé razonable, sé buena chica y guarda silencio para mí por lo menos cinco minutos más de cinta.

—Guardar silencio —dijo la muchacha, y lo dijo de una manera que hace treinta años hubiera sido calificada de «desabrida»—. Guardar silencio; vaya una invención tuya. No me disgustaría llenar una cinta, pero de silencio…

Murke se levantó y desconectó el aparato.

—Rina, Rina —dijo—, si supieras qué valioso es para mí tu silencio. Por la noche, cuando estoy cansado, cuando tengo que estar sentado aquí, hago correr tu silencio. Por favor, sé buena chipa y guarda silencio por lo menos tres minutos más y no hagas que tenga que andar cortando; sabes perfectamente lo que significa para mí tener que cortar.

—Como quieras —dijo la muchacha—, pero, por lo menos, dame un cigarrillo.

Murke sonrió, le dio un cigarrillo y dijo:

—De esta forma tengo tu silencio en el original y en cinta, qué estupendo.

Conectó la cinta y ambos se sentaron silenciosos frente a frente hasta que sonó el teléfono. Murke se levantó, desvalido se encogió de hombros y descolgó.

—Bueno —dijo Humkoke—, parece que las conferencias están bien, el jefe no ha dicho nada en contra, puede irse al cine, y piense en la nieve.

—¿En qué nieve? —preguntó Murke y miró hacia la calle, envuelta en un brillante sol veraniego.

—Dios mío —dijo Humkoke—, ya sabe que tenemos que empezar a pensar en los programas invernales. Necesito canciones sobre la nieve, cuentos sobre la nieve, no podemos pasarnos la vida con Schubert y Stifter. Nadie parece adivinar la enorme carencia que tenemos de canciones y cuentos sobre la nieve; imagínese que se nos presenta un largo y duro invierno con mucha nieve y heladas, ¿de dónde sacamos nuestros programas sobre la nieve? A ver si se le ocurre algo donde salga la nieve.

—Sí —dijo Murke—, algo se me ocurrirá. Humkoke había colgado.

—Vamos —dijo a la joven—, podemos ir al cine.

—¿Ya puedo hablar? — preguntó ella.

—Sí —dijo Murke—, habla.

Hacia esta hora el ayudante de dirección de la sección de guiones acababa de escuchar de nuevo la obra que iba a transmitirse por la tarde. Le pareció buena. Sólo el final no le había acabado de gustar. Estaba sentado en el control del estudio trece junto al técnico, mordisqueando un fósforo y estudiando el manuscrito.



(Acústica de una gran iglesia vacía.)

Ateo: (Habla en voz alta y clara.) ¿Quién pensará todavía en mí cuando sea pasto de los gusanos?

(Silencio.)

Ateo: (Hablando un poquito más alto.) ¿Quién me esperará cuando me haya convertido de nuevo en polvo?

(Silencio.)

Ateo: (Aún más alto.) ¿Y quién pensará en mí cuando me haya convertido en hojas?

(Silencio.)

El ateo vociferaba en la iglesia doce preguntas parecidas, y ¿qué había detrás de cada pregunta? Silencio.

El ayudante de dirección se quitó de la boca el medio digerido fósforo, se metió otro y dirigió al técnico una mirada inquisitiva.

—Bueno —dijo el técnico—, si se me permite opinar, creo que hay demasiado silencio.

—Eso es lo que me parece —dijo el ayudante de dirección—, incluso el autor opina igual y me ha autorizado a cambiarlo. Que una voz que se limite a decir «Dios», pero tendría que oírse sin la resonancia de la iglesia, tendría que hablar, por así decir, en otro espacio acústico. Pero, dígame, ¿dónde puedo encontrar a estas horas esta voz?

El técnico sonrió y tomó la cajita de cigarrillos que seguía arriba, en la estantería.

—Aquí —dijo—, aquí hay una voz que dice «Dios» con un fondo neutro.

El ayudante de dirección se tragó el fósforo de la sorpresa, se atragantó un poco y el fósforo volvió a su boca.

—No tiene nada de particular —dijo el técnico—, lo hemos tenido que cortar veintisiete veces en una disertación.

—No me hacen falta tantos, sólo doce —dijo el ayudante de dirección.

—Naturalmente, lo más fácil sería cortar el silencio doce veces y pegar en su lugar doce veces Dios —dijo el técnico—, eso en el caso de que usted pueda cargar con esa responsabilidad.

—Es usted un ángel —dijo el ayudante de dirección—, y yo puedo hacerme responsable de ello.

Venga, empecemos. —Contempló feliz los pequeños recortes de cinta mate que había en la cajita de Murke—. Es usted un verdadero ángel. ¡Venga, empecemos!

—Bien —dijo sonriente—; empecemos.

El ayudante de dirección metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una caja de cigarrillos; pero al mismo tiempo agarró un papelito arrugado, lo alisó y se lo mostró al técnico.

—¿No es curioso que en la casa de la radio uno pueda encontrarse estas cursilerías? Esto lo he encontrado en la puerta de mi despacho.

El técnico tomó la estampa, la miró y dijo: —Sí, es curioso —y leyó en voz alta lo que había escrito debajo—: Recé por ti en San Jacobo.

EL DESAFÍO (Mario Vargas Llosa)


Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.
- ¿Qué pasa? - preguntó León.
Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.
- Me muero de sed.
Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota.
- Justo va a pelear esta noche - dijo, con una voz rara.
Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo.
- Me encargó que les avisara - agregó Leoniidas. - Quiere que vayan.
Finalmente, Briceño preguntó:
- ¿Cómo fue?
- Se encontraron esta tarde en Catacaos. - Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. - Ya se imaginan lo demás...
- Bueno - dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace.
- Si - repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así.
Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del "Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían.
- Son casi las nueve - dijo León.- Mejor noos vamos.
Salimos.
- Bueno, muchachos - dijo Leonidas. - Gracias por la cerveza.
- ¿Va a ser en "La Balsa", ¿no? - preguntó Briceño.
- Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo.
El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse.
- El Cojo lo va a matar - dijo, de pronto, Briceño.
- Cállate - dijo León.
- Nos separamos en la esquina de la iglesia. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba.
- ¿Otra vez a la calle? - dijo ella.
- Sí. Tengo que arreglar un asunto.
El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto.
- Tienes que levantarte temprano - insistió ella - ¿Te has olvidado que trabajas los domingos?
- No te preocupes - dije. - Regreso en unos minutos.
Caminé de vuelta hacia el "Río Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local.
- ¿Es cierto lo de la pelea?
- Sí. Va ser en la "Balsa". Mejor te callas.
- No necesito que me adviertas - dijo. - Loo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos.
- El Cojo es un asco de hombre.
- Era tu amigo antes... - comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.
Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado.
- ¿Quieres que yo vaya? - me preguntó.
- No. Con nosotros basta, gracias.
- Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. - Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. - Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá.
- Hubiera querido verlo al Cojo - dije. - Cuando está furioso su cara es muy chistosa.
Moisés se río.
- Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas.

Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del "Río Bar" vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa).
- Acabo de llegar - dijo. - ¿Qué es de los otros?
- Ya vienen. Deben estar en camino.
Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza.
- ¿Cómo fue lo de esta tarde?
Encogió los hombros e hizo un ademán vago.
- Nos encontramos en el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura.
- ¿Eres muy hombre? - gritó el Cojo.
- Más que tú - gritó Justo.
- Quietos, bestias - decía el cura.
- ¿En "La Balsa" esta noche entonces? - gritó el Cojo.
- Bueno - dijo Justo. - Eso fue todo.
La gente que estaba en el "Río Bar" había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos nosotros.
- He traído esto - dije, alcanzándole el pañuelo. Justo abrió la navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó.
- Son iguales - dijo. - Me quedaré con la mía, nomás.
Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando.
No tengo hora - dijo Justo - Pero deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos.
A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano.
- Hermanito - dijo León - Usted lo va a hacer trizas.
- De eso ni hablar - dijo Briceño. - El Cojo no tiene nada que hacer contigo.
Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría.
- Bajemos por aquí - dijo León - Es más corto.
- No - dijo Justo. - Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora.

Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cause del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo.
- Hay muchas nubes - dijo; - la luna no va a servir de mucho esta noche.
- Haremos fogatas - dijo Justo.
- ¿Estas loco? - dije. - ¿Quieres que venga la policía?
- Se puede arreglar - dijo Briceño sin convicción.-
Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras.
Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir.
- Ahí está "La Balsa" - dijo León.

En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cause.
Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, "La Balsa" se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de "La Balsa", pero así lo designaban todos.
- Ellos ya están ahí - dijo León.
Nos detuvimos a unos cinco metros de "La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo.
- Anda tú - dijo Justo.
Avancé despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena.
- ¡Quieto! - gritó alguien. - ¿Quién es?
- Julián - grité - Julián Huertas. ¿Están ciegos?
A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas.
- Ya nos íbamos - dijo. - Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran.
- Quiero entenderme con un hombre - grité, sin responderle - No con este muñeco.
- ¿Eres muy valiente? - preguntó el Chalupas, con voz descompuesta.
- ¡Silencio! - dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto.
- ¿Por qué has traído a Leonidas? - dijo el Cojo, con voz ronca.
- ¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas?
El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó.
- ¡Qué pasa conmigo! - dijo. Mirando al Cojo fijamente. - No necesito que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo.
El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero.
- No se meta, viejo - dijo el cojo amablemente. - No voy a pelearme con usted.
- No creas que estoy tan viejo - dijo Leonidas. - He revolcado a muchos que eran mejores que tú.
- Está bien, viejo - dijo el Cojo. - Le creo. - Se dirigió a mí: - ¿Están listos?
- Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.
El Cojo se rió.
- Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes.
Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo.
- ¿Tienes fósforos, viejo?
Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso.
- Está bien - dije.
- Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba.
- ¿Quién le dijo a usted que viniera? - preguntó Justo, severamente.
- Nadie me dijo. - afirmó Leonidas, en voz alta. - Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas?
Justo no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió.
- Perdón - dije, palpando la arena en busca de la navaja. - Se me escapó. Aquí está.
Las gracias se te van a quitar pronto - dijo Chunga.
Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacia "La Balsa". Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de nosotros, a los dos costados del cause, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos.
- ¡Listos! - exclamó una voz, del otro ladoo.
- ¡Listos! - grité yo.

En el bloque de hombres que estaba junto a "La Balsa" hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado.
- No te le acerques ni un momento. - El veejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. - Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme... Ya, vaya, pórtese como un hombre...
Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo.
Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos.
Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes.
- Ya está - murmuró Briceño. - lo rasgó.
- En el hombro - dijo Leonidas. - Pero apenas.
Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló sólo el vacío. "No te acerques tanto". Dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. "¡Sal de ahí!", dijo Leonidas muy despacio. "¿Por qué demonios peleas tan cerca?". Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo.
Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga.
Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia.

Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de distancia, acezantes. "Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya basta". Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo.
En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. "Vamos", dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas.
- ¡Julián! - grito el Cojo. - ¡Dile que se rinda!
Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: - ¡Don Leonidas!
- gritó de nuevo con acento furioso e implorante. - ¡Dígale que se rinda!
- ¡Calla y pelea! - bramó Leonidas, sin vacilar.
Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar.

Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. - No llore, viejo - dijo León. - No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras.
Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo.
A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté.
- ¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas?
- Sí - dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.


NAVIDAD (Truman Capote)


Una mañana de últimos de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la chimenea el rugido invernal.

Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego. Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es singular..., parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color de cereza.
-¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-. ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!
La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos..., bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en 1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.
-Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh, Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.
Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de su corazón, anuncia: «¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! trae nuestro carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».
Se encuentra el sombrero, una rueda de paja adornada con rosas de terciopelo que la intemperie ha marchitado: en otro tiempo perteneció a una parienta muy elegante. Los dos juntos empujamos nuestro carrito, un destrozado coche de niño, hacia el jardín y hacia un bosquecillo de pacanas. El carrito es mío, es decir, fue comprado para mí cuando nací. Está hecho de mimbre, bastante desbaratado, y las ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un servidor leal; en primavera, lo llevamos a los bosques y lo llenamos de flores, hierbas, helechos para las macetas de nuestra galería; un verano, lo cargamos con provisiones para el picnic y con cañas de azúcar para pescar, y lo empujamos hasta la orilla del arrollo; también tiene sus usos invernales: transportar leña del patio a la cocina, servir de cama tibia para Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, vigorosa, que ha sobrevivido a enfermedades y a dos mordeduras de serpientes de cascabel. Ahora Queenie va trotando junto al carrito.

Tres horas más tarde estamos de regreso en la cocina con una carretada de pacanas caídas de los árboles. Nos dolía la espalda por el esfuerzo de recogerlas: era difícil encontrarlas (puesto que la cosecha principal había sido recogida sacudiendo los árboles y vendida por los propietarios de la huerta, que no éramos nosotros) entre las hojas que las ocultaban y la hierba escarchada y engañadora. ¡Craaac! Un alegre crujido y estallidos de un trueno en miniatura se oyen cuando se rompen las cáscaras y el dorado montón de dulces almendras aceitosas y marfileñas aumenta en la vasija de criolita. Queenie pide que lo dejemos probar, y de cuando en cuando mi amiga le da furtivamente un trocito, aunque insistiendo en que con ello nos privamos.
--No debemos, Buddy. Si empezamos, no parrraremos. Y apenas si alcanza con esto. Para treinta pasteles.

La cocina está oscureciéndose. El crepúsculo convierte la ventana en un espejo: nuestro reflejo se mezcla con la luna naciente mientras trabajamos junto a la chimenea al resplandor del fuego. Por último, cuando la luna ya está alta, arrojamos la última cáscara al fuego y, suspirando al unísono, la vemos encenderse. El carrito está vacío, la vasija llena hasta el borde.

Cenamos (bizcochos fríos, tocino, dulce de zarzamora) y discutimos sobre lo que haremos mañana. Mañana empieza la clase de trabajo que me gusta más: comprar. Cerezas y sidra, jengibre y vainilla, pasas y nueces y whisky, y, ¡oh, tanta harina, mantequilla, tantos huevos, especias, esencias! ¡Caramba, necesitaremos un pony para tirar del carrito hasta la casa!

Pero antes de que se puedan efectuar esas compras, está la cuestión del dinero. Ninguno de los dos lo tiene. Excepto las miserables sumas que alguna vez obtenemos de las personas de la casa (diez centavos se considera una gran cantidad), o lo que ganamos con ciertas actividades: ventas diversas, de cubos llenas de moras cosechadas por nosotros, tarros de mermelada y jalea de manzana y conservas de melocotón hechas en casa, flores para los entierros y las bodas. Una vez ganamos un concurso sobre el fútbol nacional. No es que entendiéramos nada de fútbol. Es, simplemente, que participamos en cualquier concurso de que tuviéramos noticias: en aquel momento nuestras esperanzas se cifraban en el gran premio de cincuenta mil dólares ofrecidos para dar nombre a una nueva marca de café (propusimos «A.M.»; y después de alguna vacilación, pues mi amiga pensaba que acaso sería sacrílego el slogan «A.M. Amén»). Para decir la verdad, nuestra única empresa «realmente» provechosa fue el Museo de Rarezas y Diversiones que organizamos en el cobertizo de un patio, dos veranos antes. Las Diversiones consistían en una linterna mágica con vistas de Washington y de Nueva York que nos prestó una parienta que había estado en aquellos lugares (y se puso furiosa cuando descubrió para qué se la habíamos pedido); las Rarezas, un polluelo de tres patas empollado por una de nuestras gallinas. Todo el mundo quería ver aquel polluelo; hacíamos pagar un níquel a los mayores y dos centavos a los niños. Y habíamos colectado lo menos veinte dólares cuando se cerró el museo por la muerte de la principal atracción.

Pero de una manera o de otra, cada año reuníamos unos ahorros para Navidad, el Fondo de los Pasteles de Frutas. Guardábamos ese dinero en una vieja bolsa de cuentas, bajo una tabla suelta del piso, bajo el orinal, bajo la cama de mi amiga. Rara vez sacamos la bolsa de su seguro escondrijo, excepto para depositar dinero o, como sucede cada sábado, para retirarlo; pues los sábados se me conceden diez centavos para ir al cine. Mi amiga no ha ido nunca al cine ni piensa ir. Dice:
-Prefiero que me lo cuentes, Buddy. De esssta manera puedo imaginar más. Por otra parte, una persona de mi edad no debe gastarse la vista. Cuando el Señor venga, que pueda verlo claramente.

Además de no haber visto nunca una película, nunca tampoco había: comido en un restaurante, viajado hasta más de cinco millas de la casa, recibido o enviado un telegrama, leído nada excepto tebeos y la Biblia, usado maquillaje, maldecido, deseado mal a nadie, mentido a sabiendas, dejado que un perro hambriento siguiera hambriento. He aquí algunas cosas que ha hecho y que hace: mató con un azadón la mayor serpiente de cascabel que se ha visto en este condado (de dieciséis anillos), toma rapé (secretamente), domestica colibríes (hagan la prueba) hasta que se posen sobre su dedo, cuenta historias de fantasmas (ambos creemos en fantasmas) tan escalofriantes que le hielan a uno en Julio, habla sola, pasea bajo la lluvia, cultiva las más hermosas camelias japonesas de la población y sabe la receta de toda clase de viejas curaciones indias, incluyendo un remedio mágico para extirpar verrugas.

Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente, entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto. Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea. Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arrollo. Pero, más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo! Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos de mi amiga, tenía $ 12.73. Según los míos, exactamente $13.
-Espero que te hayas equivocado, Buddy. NNNo podemos hacer nada con trece. Los pasteles saldrían mal. O alguien iría al cementerio. ¡Ni pensar en levantarme de la cama el día trece!
Eso es verdad: mi amiga siempre pasa los días trece en la cama. Por lo tanto, para asegurarnos, separamos un centavo y lo arrojamos por la ventana.

De todos los ingredientes que componen nuestros pasteles de frutas, el whisky es el más caro, así como el más difícil de obtener: las leyes estado prohíben su venta. Pero todo el mundo sabe que se puede comprar una botella al señor Jajá Jones. Al día siguiente, terminada nuestras compras más prosaicas, nos dirigimos al establecimiento del señor Jajá, un «pecaminoso» ( según la opinión pública) café, donde hay baile y frituras de pescado, a la orilla del río. Habíamos estado allí antes y con el mismo objeto; pero los años anteriores tratamos con la esposa de Jajá, una india oscura como el yodo, pelo oxigenado color latón y un aire de extrema fatiga. Nunca, en verdad, habíamos visto a su marido, aunque habíamos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navaja en las mejillas. Lo llaman Jajá porque es muy ceñudo, un hombre que nunca ríe.
A medida que nos acercábamos al café (larga cabaña de troncos, festoneada dentro y fuera con filas alegres y deslumbradoras bombillas eléctricas, que se levantaban junto a la orilla fangosa del río, bajo la sombra de árboles ribereños donde el musgo sube entre las ramas como niebla gris), nuestros pasos se hacían más lentos. Hasta Queenie deja de corretear y anda muy pegada a nosotros. Ha habido asesinatos en el café de Jajá. Personas despedazadas. Descalabradas. Hay un caso que irá al tribunal el mes próximo. Naturalmente, tales sucesos ocurren por la noche, cuando las luces de colores proyectan dibujos fantásticos y el fonógrafo aúlla. De día, el establecimiento de Jajá se ve mísero y desierto. Llamo a la puerta, Queenie ladra, mi amiga grita:
-¿Señora Jajá? ¿Señora? ¿Hay alguien en la casa?
Pasos. La puerta se abre. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es el propio señor Jajá Jones! Y «es» un gigante; y «sí» tiene cicatrices; y «no» sonríe. Ceñudo, nos mira con ojos oblicuos de Satán y pregunta:
-¿Qué quieren de Jajá?
Por un momento estamos demasiado paralizados para contestar. Al fin mi amiga encuentra a medias su voz, un susurro de voz a lo sumo:
-Si nos hace el favor, señor Jajá, quisiérrramos un litro de su mejor whisky.
Sus ojos se inclinan más. ¿Quién lo creería? ¡Jajá está sonriendo! Es más, ríe.
-¿Quién de ustedes es el bebedor?
-Es para hacer pasteles de fruta, señor Jaaajá. Para cocinar.
Eso lo calma. Frunce el ceño.
-¡Qué manera de malgastar el buen whisky!<<
No obstante, se retira dentro del sombrío café y unos segundos más tarde aparece con una botella sin etiqueta llena de licor de un amarillo de margarita. Muestra su reflejo a la luz del sol y dice:
-Dos dólares.
Le pagamos con monedas de a diez, cinco y un centavo. De pronto, mientras agita las monedas en su mano como si fuesen dados, su cara se suaviza.
-¿Saben qué les digo? -propone, volviendo a meter el dinero en nuestra bolsa de cuentas-. En vez de pagar, mándenme uno de esos pasteles de frutas.
-Bueno -observa mi amiga por el camino de regreso a casa-, es un hombre encantador. Pondremos una taza más de pasas en «su» pastel.

La estufa negra, cargada de carbón y leña, resplandece como una calabaza iluminada por dentro. Las batidoras de huevo giran, las cucharas revuelven las vasijas de mantequilla y azúcar, la vainilla endulza el aire, el jengibre lo hace picante; una mezcla de olores que producen hormigueo a las narices, satura la cocina, se difunde por la casa, se esparce por el mundo en bocanadas de humo de la chimenea. En cuatro días nuestra obra ha terminado. Treinta y un pasteles, empapados de whisky, en los antepechos de las ventanas y los anaqueles.
¿Para quién son?
Amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: realmente, la mayor parte están destinados a personas a quienes hemos visto quizá una vez, quizá nunca. Personas que han impresionado nuestra imaginación. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y su esposa, misioneros baptistas en Borneo que dieron conferencias aquí el invierno anterior. O el pequeño afilador que viene a recorrer la aldea dos veces al año. O Abne Packer, el conductor del autocar de Mobile de las seis, con quien cambiamos ademanes de saludo cada día cuando pasa en una nube veloz de polvo. O los jóvenes Wiston, una pareja de California, cuyo coche una tarde se averió frente a la casa y pasaron una hora agradable charlando con nosotros en la galería (el joven señor Wiston nos sacó una instantánea, la única fotografía que nos han hecho en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga es tímida con todo el mundo «excepto» con los extraños, que esos extraños, y las relaciones más fugaces, nos parecen ser nuestros verdaderos amigos? Creo que sí. También los álbumes donde guardábamos las palabras de agradecimiento en papel de carta de la Casa Blanca, alguna que otra comunicación de California y Borneo, las postales de a centavo del afilador, nos hacían sentirnos unidos a unos mundos extraordinarios más allá de la cocina con sus vistas a un cielo limitado.

Ahora la rama desnuda de una higuera, en diciembre, roza la ventana. La cocina está vacía, los pasteles han desaparecido ayer llevamos el último de ellos a la oficina de correos, donde el importe de los sellos dejó vacía nuestra bolsa. Estábamos sin un centavo. Esto me deprime, pero mi amiga insiste en celebrarlo..., con dos dedos de whisky que queda en la botella de Jajá. Damos a Queenie una cucharada en una taza de café (le gusta el café con sabor de achicoria y fuerte). El resto lo dividimos entre dos copas. Ambos amedrentados ante la perspectiva de tomar whisky puro; su sabor provoca gestos contraídos y estremecimientos. Pero poco a poco nos ponemos a cantar, cada uno diferentes canciones, simultáneamente. No sé la letra de la mía, sólo: «Ven, ven a la ciudad oscura, al baile de los faroleros». Pero sé bailar: quiero ser un bailarín de cine. Mi sombra danzante retoza sobre las paredes; nuestras voces sacuden la vajilla; reímos como si manos invisibles nos hicieran cosquillas. Queenie rueda sobre su espalda, sus patas se agitan en el aire, algo como una sonrisa estira sus labios negros. Por dentro me siento arder y chispear como esos leños que se desmoronan, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga da vueltas de vals en torno a la estufa, sosteniendo entre sus dedos el borde de su pobre falda de algodón como si fuera un vestido de baile. «Enséñame el camino para ir a casa», canta, mientras sus zapatos de tenis chirrían sobre el piso. «Enséñame el camino para ir a casa...»
Entran dos parientas. Muy enojadas. Potentes, con ojos que escarban, lenguas que escaldan. Escuchad lo que tienen que decir, palabras que caen con tono iracundo:
-¡Un niño de siete años! ¡Whisky en su allliento! ¿Has perdido el juicio? ¡Licor a un niño de siete años! ¡Si serás necia! ¡Camino a la perdición! ¿Recuerdas a la prima Kate? ¿Al tío Charlie? ¿Al cuñado del tío Charlie? ¡Vergüenza! ¡Escándalo! ¡Humillación! ¡Arrodíllate, reza, ruega al señor!
Queenie se esconde bajo la estufa. Mi amiga mira sus zapatos, su barbilla tiembla, levanta su falda y se limpia la nariz y corre a su habitación. Cuando ya hace mucho que la ciudad duerme y la casa está silenciosa, excepto por los relojes al dar las horas y el chisporroteo de los fuegos que van apagándose, está llorando sobre una almohada ya tan mojada como el pañuelo de una viuda.
-No llores -le digo, sentado a los pies deee su cama y temblando a pesar de mi camisa de noche de franela que huele a jarabe para la tos del invierno pasado-. No llores -le ruego tironeándole los dedos de los pies y haciéndole cosquillas-, eres demasiado vieja para eso.
-Es porque -dice en un hipo- «soy&raaaquo; demasiado vieja. Vieja y ridícula.
-No ridícula. Divertida. Más divertida qqque nadie. Oye: si no dejas de llorar, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar un árbol.
Se incorpora. Queenie salta sobre la cama (cosa que le está prohibida) y le lame las mejillas.
-Sé donde encontraremos árboles verdaderammmente hermosos, Buddy. Y acebo también. Con bayas grandes como tus ojos. Es muy adentro de los bosques. No hemos ido nunca tan lejos. Papá nos traía árboles de Navidad de allí; los cargaba sobre su hombro. De eso hace cincuenta años. Bueno, ¡no puedo esperar la mañana!

Mañana. La hierba resplandece con la escarcha; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como las lunas del tiempo cálido, se alza en equilibrio sobre el horizonte, pule los bosques plateados de invierno. Un pavo silvestre canta. Un cerdo vagabundo gruñe entre la maleza. Pronto, a la orilla del agua de rápida corriente, profunda hasta llegar a la rodilla, tenemos que abandonar el carrito. Queenie es la primera en vadear el arroyo, chapotea ladrando plañideramente a la rapidez de la corriente y a su frialdad capaz de producir neumonía. Nosotros la seguimos, sosteniendo nuestros zapatos y equipo (un hacha y un saco de arpillera) sobre nuestras cabezas. Kilómetro y medio más: de espinas, zarzas y cardos atormentadores que se agarran a nuestros vestidos; de rojizas agujas de pino, brillantes, mezcladas con hongos de alegres colores y plumas de pájaros. Aquí y allá, un vuelo fugaz, un alboroto, una explosión de chillidos nos recuerdan que no todas las aves han volado hacia el sur. Siempre el sendero serpentea entre charcos de sol almidonado y oscuras bóvedas de ramas. Hay que cruzar otro arroyo: una alborotada flota de abigarradas truchas agita el agua a nuestro alrededor, y ranas del tamaño de platos practican las zambullidas de panza: obreros castores están construyendo un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. Mi amiga también se estremece, no de frío sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero suelta un pétalo cuando ella levanta la cabeza y aspira el aire cargado de aroma de pinos.
-Ya casi llegamos. ¿Los hueles, Buddy? -dddice, como si nos acercáramos al océano.
Y, en efecto, es una especie de océano. Grandes extensiones perfumadas de árboles navideños, acebos de punzantes hojas. Bayas rojas como brillantes campanillas chinas: los negros cuervos se precipitan chillando sobre ellas. Ya llenos nuestros sacos de suficiente verde y escarlata para rodear de guirnaldas una docena de ventanas, vamos a elegir un árbol, por fin.
-Debe ser -murmura mi amiga- dos veces másss alto que un muchacho. De esta manera ningún muchacho podrá robar la estrella.

El que elegimos es dos veces más alto que yo. Hermoso y valiente bruto que sobrevive a treinta hachazos antes de ceder con un crujiente grito de rendición. Tomándolo como un animal muerto, empezamos el largo arrastre. A los pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos y jadeamos. Pero tenemos la fuerza de los cazadores victoriosos; esto y el perfume frío y viril del árbol nos reanima, nos aguijonea. Muchos elogios acompañan nuestro regreso, a puesta de sol, por la carretera de arcilla roja que lleva a la aldea; pero mi amiga es taimada y evasiva cuando los viandantes alaban el tesoro cargado en nuestro carrito.
-¡Qué hermoso árbol! ¿De dónde lo traen? -De por allá - murmura ella, vagamente. Una vez se detiene un coche y la holgazana esposa del rico propietario del molino se asoma y relincha:
-Les doy veinte centavos por ese viejo árbol.
Ordinariamente mi amiga tiene miedo de decir que no; pero en esta ocasión sacude prontamente la cabeza:
-No lo daríamos ni por un dólar.
-¡Un dólar! ¡Madre! Cincuenta centavos. Es lo más que doy. ¡Por Dios, mujer!, pueden ir a buscar otro.
En respuesta, mi amiga observa suavemente:
-Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa, Queenie se deja caer junto al fuego y duerme hasta la mañana, roncando fuerte como un ser humano.

~ ~ ~

Un baúl en el desván contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de una capa de teatro de una curiosa dama que una vez alquiló una habitación en la casa), rollos de colgajos de relumbrón dorados por los años, una estrella de plata, una corta serie de bombillas acarameladas, viejas, indudablemente peligrosas. Excelente decoración hasta donde alcanza, que no es lo suficiente: mi amiga quiere que nuestro árbol resplandezca «como una ventana de los baptistas», que se doble bajo el peso de las nieves de adorno. Pero no podemos costear los esplendores de fabricación japonesa que venden en el «cinco y diez». Por lo tanto, hacemos lo que hemos hecho siempre: pasar días sentados ante la mesa de la cocina con tijeras y lápices y montones de papel de colores. Yo hago los dibujos y mi amiga los recorta: gran cantidad de gatos, peces también (porque son fáciles de dibujar), algunas manzanas, algunas sandías, unos pocos de ángeles alados hechos de envoltorios de papel de estaño que tenemos guardado. Empleamos imperdibles para sujetar al árbol esas creaciones: como toque final, salpicamos las ramas con algodón desmenuzado (recogido en agosto con ese propósito). Mi amiga, contemplando el efecto, junta sus manos.
-Ahora, francamente, Buddy, ¿no te parece bueno para comer?
Queenie trata de comerse un ángel.
Después de tejer y adornar con cintas las coronas de acebo para todas las ventanas de la fachada, nuestro proyecto inmediato es la preparación de los regalos para la familia. Pañoletas para las damas, para los hombres un jarabe, preparado en casa, de limón, regaliz y aspirina, para tomarlo «a los primeros síntomas de un resfriado y después de cazar». Pero cuando llega la hora de preparar nuestros mutuos regalos, mi amiga y yo nos separamos para trabajar secretamente. Me gustaría comprarle un cuchillo con mango de nácar, una radio, una libra de cerezas cubiertas de chocolate (una vez probamos algunas y ella siempre jura: «viviría siempre de cerezas, Buddy. ¡Señor, si, podría...!, y esto no es tomar Su nombre en vano»). En vez de todo eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría regalarme una bicicleta (lo ha dicho un millón de veces: «si yo pudiera, al menos, Buddy. Ya es bastante malo pasar la vida sin lo que "uno" desea; pero, que Dios lo confunda, lo que me fastidia es no poder dar a "alguien" lo que deseo que tenga. Pero cualquier día lo haré, Buddy. Te encontraré una bicicleta. No preguntes cómo. La robaré quizá»). En vez de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa..., igual que el año pasado, y que el anterior: el anterior a ese nos regalamos hondas. Todo lo cual me parece muy bien. Pues somos campeones de vuelo de cometa, sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, más experta que yo, puede elevar una cometa cuando ni siquiera sopla brisa suficiente para arrastrar a las nubes.
La víspera de Navidad, por la tarde, reunimos un níquel y vamos a la carnicería a comprar el regalo tradicional para Queenie, un buen hueso de ternera para roer. El hueso, envuelto en papel fantasía, se cuelga alto en el árbol, cerca de la estrella de plata. Queenie sabe que está allá. Se agazapa al pie del árbol mirando hacia arriba en un arrobo codicioso. Cuando llega la hora de ir a dormir se niega a moverse. Su excitación es igualada por la mía. Levanto a patadas las mantas y doy vueltas a la almohada como si fuese una abrasadora noche de verano. En algún lugar canta un gallo, falsamente, pues el sol está todavía al otro lado del mundo.
-¿Buddy, estás despierto?
Es mi amiga que me llama desde su habitación, contigua a la mía; y un momento más tarde está sentada en mi cama, sosteniendo una vela.
-Bueno, no puedo dormir ni tanto así -declara-. Mi pensamiento salta como una liebre. Buddy, ¿crees que la señora Roosevelt servirá nuestro pastel en la cena?
Nos arrebujamos en la cama y ella me oprime la mano con ternura.
-Diría que tu mano era mucho más pequeña. Creo que me disgusta verte crecer. Cuando seas mayor, ¿seremos amigos todavía?
Yo digo que lo seremos siempre.
-¡Me siento muy triste, Buddy! ¡Deseaba tanto regalarte una bicicleta! Traté de vender el camafeo que me regaló papá. Buddy... -vacila, como turbada-, te he hecho otra cometa.
Entonces, yo confieso que hice una para ella también; y reímos. La vela está demasiado agotada para seguir ardiendo. Se apaga, y deja ver la luz de las estrellas, esas estrellas que giran en la ventana como un visible villancico al que, lentamente, lentamente, el alba acalla. Posiblemente estamos adormilados; pero los primeros resplandores de la aurora nos rocían como agua fría; ya estamos levantados, con los ojos muy abierto y dando vueltas mientras esperamos que los demás despierten. Adrede, mi amiga deja caer un caldero sobre el suelo de la cocina. Yo bailo, repiqueteando con los pies, frente a las puertas cerradas. Uno a uno salen los de casa, con caras de querer matarnos a los dos; pero es Navidad y, por lo tanto, no pueden hacerlo. Primero, un espléndido desayuno: absolutamente todo lo que uno puede imaginar..., desde las tortas de sartén y la ardilla frita, hasta el pinole y la miel en panal. Lo cual pone a todos de buen humor, menos a mi amiga y a mí. Francamente, tenemos tanta impaciencia por ver los regalos, que no podemos tragar un bocado.
Bueno, quedo decepcionado. ¿Quién no lo estaría? Calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, algunos pañuelos, un suéter usado y un año de suscripción a una revista religiosa para niños. El Pequeño Pastor. Me indigna. Realmente me indigna.

Mi amiga saca mejor tajada. Un saco de ciruelas, que es su mejor regalo. Sin embargo, está más orgullosa de un chal de lana blanca tejido por su hermana casada. Pero «dice» que su regalo favorito es la cometa que yo le hice. Y «es» muy hermosa; aunque no tan hermosa como la que ella hizo para mí, que es azul y tachonada de estrellas de Buena Conducta doradas y verdes; además, en ella está pintado mi nombre, «Buddy».
-Buddy, está soplando el viento.
Sopla el viento, y nada haremos sino correr hasta unos prados que hay más abajo de la casa, adonde Queenie había volado para enterrar su hueso (y donde el otro invierno, Queenie será enterrada también). Una vez allí, sumergidos en la lozana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, las sentimos que tiran del cordel como peces del cielo que nadan en el viento. Satisfechos, calientes del sol, nos tendemos en la hierba y pelamos ciruelas y contemplamos el cabriolar de nuestras cometas. Pronto olvido los calcetines y el suéter usado. Soy tan feliz como si ya hubiéramos ganado el Gran premio de cincuenta mil dólares en aquel concurso de dar nombre a un café.
-¡Madre, que tonta soy! -exclama mi amiga, súbitamente alerta, como una mujer que recuerda demasiado tarde que tiene bizcochos en el horno-. ¿Sabes lo que he creído siempre? -pregunta en un tono de descubrimiento y no sonriéndome a mí, sino a un punto situado más allá-. Siempre he creído que un cuerpo tiene que estar enfermo y morir antes de ver al señor. Y me imaginaba que cuando Él viniese sería como mirar a través de la ventana de los baptistas: hermoso como un cristal de color atravesado por el sol, un brillo tal que no te enteras de que oscurece. Y ha sido un consuelo pensar en aquel resplandor que hace desaparecer todo el miedo al coco. Pero estoy segura de que eso no sucede nunca. Estoy segura de que en el último momento el cuerpo comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que ver las cosas tal como son -su mano hace un ademán circular que abarca nubes y cometas y hierba y a Queenie echando tierra con las patas sobre su hueso-, simplemente como siempre las ha visto, era verlo a Él. En cuanto a mí, podría dejar el mundo con el día de hoy en los ojos.

~ ~ ~

Esta es nuestra última navidad juntos.

La vida nos separa. Aquellos que Saben Más deciden que debo ir a una escuela militar. Y de este modo sigue una miserable sucesión de prisiones donde suena la corneta, severos campamentos de verano con toque de diana. Tengo también un nuevo hogar. Pero no cuenta. El hogar es donde está mi amiga, y allí nunca voy.

Y allí permanece ella, entreteniéndose en la cocina. Sola con Queenie. Sola, pues. («Buddy querido -escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, ayer el caballo de Jim Macy dio a Queenie una coz mortal. Gracias a Dios, no sufrió mucho. La envolví en una fina sábana de lino y la llevé en el carrito hasta el paso de Simpson, donde puede descansar con todos sus huesos...»). Durante algunos noviembres continúa haciendo sola sus pasteles de frutas; no tantos, pero algunos; y, naturalmente, siempre me manda «el mejor de la hornada». Además, en cada carta incluye diez centavos envueltos en papel higiénico: «ve al cine y cuéntame la película». Pero, gradualmente, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en 1880 y tantos; cada vez más son no solo los días trece en que se queda en la cama: llega un mañana de noviembre, un amanecer de invierno sin hojas y sin pájaros, en que no puede levantarse y exclama: «¡Oh, madre mía! ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!»
Y cuando eso sucede, lo sé. El mensaje que me lo anuncia no hace más que confirmar una noticia que ha recibido ya cierta secreta fibra, amputando una parte insustituible de mi mismo, dejándola suelta como una cometa con el cordel roto. Es por eso que, al atravesar un patio de la escuela en esa particular mañana de diciembre, voy escudriñando el firmamento. Como si esperase ver, semejantes a corazones, un par de cometas sueltas que corren al cielo.